“Por eso estoy por aquí otra vez,
rebuscando en mi almacén esa palabra con su débil timidez.
Ojalá encuentre la forma, más me vale, tengo un tema que acabar…”.

Para los que creemos fielmente en que la letra es la clave de una canción. Para los que adoran la poesía. Para los que entienden las palabras del que canta y las ligan a sus vidas como un eterno plan para llegar a un fin. En definitiva, para los que aman la música. Para los que la escriben, para los que la cantan, para los que la escuchan.

Love of lesbian acaba de publicar su noveno disco, llamado “El poeta Halley”, cuya última canción se titula de la misma manera. Pues bien, Santi Balmes, vocalista, guitarra y teclista de la banda, ya nos dio pistas hace unos días de lo que iba a ser este trabajo: “En cuanto a las letras, es muy diferente: hay que tener un silencio interior, algo que te chive lo que tienes que decir. Y cuando estás rodeado de mucha gente, eso no sucede”.

El catalán, junto a su equipo, ha experimentado, ha arriesgado y ha ganado. Un ejemplo claro está en el susodicho tema. En “El poeta Halley”, a Santi le sobraban las sílabas, se le hacía muy grande el tema. Pero, como cuenta Oriol Bonet, batería, tuvieron que decirle, tras reflexionarlo: “No cortes tus letras, Santi, alarguemos la canción”. En mi opinión, esta canción es el culmen, auge de Love of lesbian, y, con ello, lógicamente, del nuevo disco.

Como ellos mismos dijeron a El Confidencial, es un álbum que “se recomienda escuchar con el espíritu sereno y la predisposición de iniciar un viaje sin prisas”. En efecto. Calma. Llegarás a entenderlo, de verdad. Además, Joan Manuel Serrat nos ayuda. Él mismo acaba el disco, recitando un poema que –insisto–, para los amantes de la letra, resulta embriagador. La hija de Serrat es fiel seguidora de LOL y ahora la responsable de esta unión puntual.

Aquí os dejo el poema y la canción. Pero no los escuches (y quien avisa no es traidor) sin tener en paz el organismo.

Acojo en mi hogar
palabras que he encontrado abandonadas en mi palabrera.
Examino cada jaula y allí, narrando vocales y consonantes,
encuentro a sucios verbos que lloran después de ser abandonados
por un sujeto que un día fue su amo.
Y de tan creído que era, prescindió del predicado.
Esta misma semana
han encontrado a un par de adjetivos trastornados,
a tres adverbios muertos de frío
y a otros tanto de la raza pronombre
que sueñan en sus jaulas con ser la sombra de un niño.
Se llama entonces a las palabras que llevan más días abandonadas
y me las llevo a casa,
las vacuno de la rabia
y las peino a mi manera,
como si fueran hijas únicas.
Porque en verdad todas son únicas.
Acto seguido y antes de integrarlas en un parvulario de relatos o canciones,
les doy un beso de tinta
y les digo que si quieres ganarte el respeto,
nunca hay que olvidarse los acentos en el patio.
A veces les pongo a mis palabras diéresis de colores imitando diademas,
y yo sólo observo como juegan en el patio de un poema.
Casi siempre te abandonan demasiado pronto
y las escuchas en bocas ajenas
y te alegras
y te enojas contigo mismo como con todo lo que amamos con cierto egoísmo.
Y uno se queda en casa, inerte y algo vacío,
acariciando aquel vocablo mudo llamado silencio,
siempre fiel, siempre contigo.
Pero todo es ley de vida.
Como un día me dijo el poeta Halley,
“si las palabras se atraen, que se unan entre ellas,
y a brillar, que son dos sílabas”.