Escenario 3, Radio Station. 20.30 hrs en Mad Cool Festival, esperábamos impacientes a Ryan Adams, un grande. Demasiada gente alrededor y todavía faltaba una hora para su llegada, pero el público permanecía de pie con ansia tarareando las canciones de Spoon, que sonaban desde el escenario Matusalem, cercano al nuestro.

Preguntamos para entrar al foso, pero Ryan había pedido que no se hicieran fotografías. Antes de que saliera al escenario, una voz femenina daba la explicación por megafonía y nos informó de la enfermedad que sufría Ryan: no podía ver ni un flash, de lo contrario se vería obligado a suspender el concierto.

Nos dio igual. Habíamos conseguido un buen sitio, segunda línea, perfecto para sacar unas buenas fotos y conseguir transmitiros con algún que otro vídeo en directo a través de la cuenta de Instagram (@musica_ilustrada) lo que estábamos viviendo. Pero sobre todo, de disfrutar del espectáculo de ver a Ryan en directo. Todo un lujo.

Las luces se atenuaron y apareció Ryan pegando brincos: energía, que la vida sigue. Suena la guitarra que encabeza la pieza Do You Still Love Me.

 

El inconfundible gato sobre el piano, una camisa a cuadros sobre la camiseta roja con gato en círculo. Ryan salió al escenario despeinado con los pelos que le cubrían el rostro, además de ir envuelto en aroma de incienso. Es uno de esos genios musicales que sienten sus letras, sus melodías, y lo transmiten. Por eso todos aplaudíamos ante su llegada. A mi lado, un tipo con una sudadera que llevaba bordado su nombre y comentaba el orden de las canciones que iba a tocar. Parecía ser su mayor fan, y nosotros sus mayores desconocidos.

Era cierto aquello que comentaban: un cantante de su altura, ¿por qué tocó en uno de los escenarios más “locales”, indies, del festival? Justo coincidía con Alt-J -a los que no tuvimos la oportunidad de ver- pero Ryan allí estaba, en una esquina del festival. Una esquina que se cubrió de gloria.

Amable y sonriente, Ryan dio paso a un compañero del grupo, apareció el gato que tocaba la pandereta, sorpresa para muchos. Un toque distinto, Ryan. Su guitarra de rock, inconfundible. Entre tanto rock, el maestro no dejó de sorprendernos con un leve respiro mientras tocaba “When the stars go blue”. El público cantaba la canción de memoria, como si necesitara esa inyección de melancolía. Porque vivimos con Ryan esos momentos en que la vida permite el dolor del rechazo. Eso sí, juntos, unidos por su música.

Así, las cosas se viven incluso con cierto placer.