Hace unos años leí un artículo en la ROCKDELUX. No recuerdo quién lo firmaba y desde aquí pido perdón por ello al autor del mismo. Aquel artículo era el de un hombre poseído por la música en el sentido más literal de la palabra ¿Recordáis las típicas películas de posesiones demoniacas en las que ha entrado el mismísimo Satán dentro del cuerpo de una persona y zarandeándose violentamente sobre una cama? Pues algo parecido o similar era lo que se trataba de explicar en esas líneas.

La música necesita una estimulación corporal. Ya no me sitúo en el plano de lo sensitivo, que es la primera clave para vivir una experiencia casi mística con una canción, o mejor, con un grupo de música. La música debe golpear en el cuerpo humano. Por eso es necesario ir a un concierto y ya no sólo centrarse en las canciones, sino también en la vibración que producen los altavoces cuando suenan esos temas y sientes que vibra el suelo y esas vibraciones se cuelan por tus talones hasta sentir cómo te llegan al pecho, hasta provocar que entras en un estado de trance en el que la música se ha apoderado de todo tu organismo y pierdes el sentido de todo, del espacio, del tiempo, de las personas que te rodean y sólo te veas a ti mismo moviéndote en círculos, pegando saltos, golpeando los pies contra el suelo y levantando los brazos hacia el cielo. A veces me han señalado en conciertos creyendo que he consumido alguna sustancia psicotrópica que ha provocado en mí esa forma de sentir la vibración de la música y bailar como un auténtico enzarpado. Lo cierto es que se confunden los que han llegado a esas conclusiones. No hay mayor droga que la música y acepto mi absoluta dependencia a sus sonidos.

Ni fuego, ni agua, ni aire, ni tierra. Mis cuatro elementos son el amor, la vida, la música y los libros. Es algo que siempre he tenido claro. Hace poco leía un poema de Cortázar a Carol, su amor eterno: “Te digo que no pienses negro sino profundo brillante azul” ¿Qué es el amor sin color? Un fracaso ¿Qué son las fotografías en blanco y negro? Un éxito ¿Qué es la música a secas? Un engaño. Conocí Música Ilustrada y sentí un impacto visual. Me marcó el color de sus ilustraciones. Pensé que la música, al igual que el amor, tiene un color invisible que da vida a las canciones, pero lo que más me gustó es que el trabajo de Música Ilustrada no se centra en el sonido, sino más bien en la figura del que canta letras, las toca con una guitarra y las baila sobre un escenario como si de una danza milenaria se tratara para lograr materializar el alma humana en algo que pueda tocarse.

Siempre he pensado que la música necesita un contacto directo con las personas que han hecho un esfuerzo en gastar su dinero en unas entradas para disfrutar de un concierto. Admiro a esos músicos que se lanzan al foso y saltan con el público para que la experiencia de un directo sea completa. He visto a Zahara, Jose Chino, Marc Sidonie y unos cuantos más, saltar a bailar o a cantar con la gente. He visto a Win Butler haciendo auténticas locuras entre el público, desde recorrerse un auditorio entero subido a los anti avalancha haciendo equilibrios para no caer mientras canta, hasta coger el móvil de alguien de la primera fila y grabar una canción entera y después devolvérselo. He visto en fotografías a Jimi Hendrix quemar guitarras. He visto vídeos de los Who rompiendo todos sus instrumentos mientras sonaba My Generation, y he querido mil veces haber asistido al último vals de The Band donde antes del concierto, invitaron a cenar a todos los asistentes en el vestíbulo mientras una orquesta tocaba vals de todo tipo.

Música Ilustrada coge un momento real que ha vivido un artista y lo inmortaliza para siempre, porque no hay nada más grande que ser fanático de un grupo y que su líder tenga la suficiente fuerza y carisma para hacernos sentir que les seguiríamos hasta la muerte, muriendo en defensa de sus canciones, por los siglos de los siglos, amén.