Recuerdo cuando era pequeño y empecé a ir a conciertos. Miento, recuerdo cuando de verdad era pequeño (y no adolescente) cuando fui a mi primer concierto. Tenía siete años y era (o más bien soy) el pequeño de muchos hermanos, lo que hacía que recibiera una influencia musical bastante grande y variada en todos los niveles y géneros existentes. Cada hermano me daba una píldora de música y compartían conmigo sus grupos preferidos. Había de todo. Mi hermano Willy quizá era el que tenía una disposición más especial a la música y a todos sus entresijos. Después de dejar Primero de Filología, a pesar de haber sacado muy buenas notas, decidió empezar una serie de módulos y cursos con el fin de ser algún día el mejor Técnico de Sonido que pudiera haber en España. No lo logró y la historia de esa meta no alcanzada podría ser un apasionante y doloroso libro que jamás escribiría y que sólo he contado a unas personas afortunadas que las podría contar con una sola mano. Quizá no son afortunadas por escuchar ese relato, pero al menos me dan la serenidad y confianza para contarles todo aquello y sentirme de alguna forma liberado.

Willy es una persona especial. Tiene más de treinta años pero ve el mundo igual que lo veía cuando era un niño. Quizá ahora algo más distorsionado. Siempre me llamó la atención aquella anécdota que cuenta con cierta tristeza. Yo aún no había nacido. Mis padres y hermanos se fueron en verano a la playa como solían hacer siempre en aquella época y como hacía más de la mitad de las familias españolas al llegar esas fechas. Willy cuenta que aquel año se le antojó tener una cometa. Todos los días veía a los niños volarlas en la orilla de la playa corriendo de un lado a otro, mientras él hacía castillos en la arena que en realidad no tenían forma de castillos. Todos los días le daba la paliza a mi padre para que le comprara una cometa en un Todo a Cien, una de esas tiendas que aún no eran propiedad de chinos y que en realidad nada costaba a cien pesetas, pero nadie les denunciaba por publicidad engañosa. Mi padre no cedió a comprarla hasta la última semana de las vacaciones. Willy dice que salió escopetado de la tienda camino a la playa para volar la cometa pero al llegar allí se dio cuenta de que no había viento pero no se desanimó. Pensó que era mala suerte y que al día siguiente podría volarla. No fue así. Al día siguiente seguía sin hacer el suficiente viento para poder lanzar al aire su cometa de plástico con forma de águila. Pasó la semana y no cambió el tiempo. Ni una pizca de aire. Willy se quedó derrumbado y quizá para siempre. Hoy en día lo sigue recordando y puedo notar en sus ojos una nostalgia material, quizá de madera, con la que se podría fabricar una cometa con forma de pájaro.

Willy me llevó a mi primer concierto. Fue en el Palacio de los Deportes, ese estadio madrileño de baloncesto que años más tarde se quemaría, y sería reconstruido en cuestión de poco tiempo, y las mentes iluminadas empezarían a explicar que en realidad habría que llamarlo Palacio de Deportes (sin el “los”) porque eso era algo incorrecto gramaticalmente. Supongo que nadie hizo a caso a tal chorrada porque si algo tengo claro, es que la costumbre siempre vence a cualquier norma impuesta por cualquier tipo de organismo. Por eso hoy en día nadie dice: “Voy a ver al BarclayCard Center a Vetusta Morla“, por ejemplo. No. La gente lo sigue llamando el Palacio de los Deportes y menos mal. Eso es una gran muestra de que aún las marcas no nos han ganado la batalla y mucho menos se la ganarán a la música o al menos, a la buena música. Pero no me desvío del tema, estaba con Wily y aquel primer concierto que fue (agarraros los cojones) de La Oreja de Van Gogh, cuando Amaya, una chica del norte, inesperadamente se convirtió en la Reina del Pop de este país. Título bien merecido, por cierto. Nos gustaba La Oreja de Van Gogh. Yo me las sabía todas. Pero Willy también estaba interesado en ese concierto porque el telonero era un tal Quique González con una canción que empezaba a sonar entre la gente: Personal. Él se sabía todas las canciones. Yo no tenía ni idea de quién era aquel tío con el pelo largo. El concierto lo vimos desde la pista. Recibía empujones de todo el mundo. Saltaba. Me subía a hombros de mi hermano. La gente me hacía carantoñas. Me tocaban el pelo. Salpicaba a la gente con mi vaso gigantesco de Coca-Cola y ellos con los de sus cervezas. Antes en los conciertos entraban menores. Ahora ellos no podrán jamás contar en un futuro que vieron a un telonero que luego se ha convertido en un auténtico mito y líder del panorama musical. Dejadlos pasar, anda.

La gente pitaba a Quique. Querían que se marchara y que empezara La Oreja. Aún no existía esa cultura del goce y disfrute del telonero. La gente se equivocaba. Todos los grandes han sido abucheados. Quique logró apaciguar a las hienas cuando tocó Personal, la última canción de su setlist y yo con siete años empecé a escuchar sus discos. Muchos años más tarde me crucé con él en la entrada de la Sala Sol y le recordé en cuestión de segundos aquel concierto. Quizá no se acordaba. Quizá sí. Él asintió educadamente con una sonrisa y me dio las gracias y nos estrechamos con fuerza la mano.

Poco después descubrí en YouTube una de esas canciones inéditas que a los artistas les da por tocar en un concierto y no grabarla jamás, quedándonos así con un tema que nos parece brutal aunque tenga una calidad de grabación absolutamente penosa. Se llama Tarde de Noche Vieja, basada en un poema de Kirmen Uribe, y supe que esa canción en algún momento de mi vida significaría algo. Una historia de dos personas en el aparcamiento de una playa ajenas a toda la parafernalia. Algo que viví hace poco y que irremediablemente después me hizo pensar en esa canción. No era 31 de diciembre, pero tampoco hacía falta. Recorrí kilómetros en tres coches distintos y una furgoneta para poder vivir aquello. Una letra que siento que se cumplirá más pronto que tarde. Cada verso. Literalmente. Quizá en Noche Vieja, por la tarde.