Para qué os voy a engañar. Desde aquel concierto de The New Raemon en la Joy Eslava de Madrid este pasado 3 de marzo, no he dejado de escuchar Simon & Garfunkel.

Cuando Ramón Rodríguez anunció que llegaba el momento de cantar una de sus más preciadas y, con ello, famosas canciones llamada “Tú, Garfunkel”, mi mente me llevó rápidamente a un más que bonito hueco de mi infancia.

 

Debía yo tener unos diez años. Era viernes. Apretaba el sol de primeros de julio en Madrid y mis padres, mis hermanos y yo bajamos las maletas al coche mientras mi madre cerraba la casa. Tampoco mucho, dado que mi padre volvería a trabajar a Madrid ese mismo lunes. Nos íbamos a La Granja de San Ildefonso, como cada año, a pasar dos meses del tirón.

Por aquel entonces no había discos de música sino cintas de casette, pero el sistema era el mismo. Metías la cinta por la cara A o la B, y luego la cambiabas para escuchar la otra cara. Pues bien, yo le di a mi padre una cinta de La Oreja de Van Gogh para que la pusiera durante la hora de viaje hasta el pueblo. Pero él me miró y me dijo:

—Hoy no, tío.
—¿Por? Venga, no seas así –le contesté, contrariado.
—Porque te voy a poner a unos tíos que no se te van a olvidar en la vida. Son unos genios de mi época.

No me convenció. Estuve toda la jodida hora cabreado porque él me había puesto una cinta en cuya caja se podía leer: “The best of Simon & Garfunkel”, un álbum publicado hacía tan sólo un año por Columbia Records.

No sabía que en aquella cinta habían veinte canciones, cada cual más asombrosa. Tenía diez años, joder. No supe apreciar aquella primera “The sound of silence”, o las míticas “The boxer” y “Mrs. Robinson”, o la tenue “Bridge over troubled water”, o la marchosa y alegre “Cecilia”. Menudo pedazo de capullo.

A día de hoy, me emociono al escuchar cada canción de Simon & Garfunkel. Y desde aquí, papá, te doy las gracias.