Month: enero 2016

¿Por qué volver al Festival de Les Arts?

Es viernes, 5 de junio de 2015, son las ocho de la tarde y el sol empieza a caer en picado encima de Valencia. En la famosa Ciudad de las Artes y las Ciencias, las gafas de sol y de rock van dejando el sitio a los focos que alumbran a los artistas que, dicho sea de paso, actúan sorprendidos ante la muchedumbre que llena las explanadas. No se esperaban 22.000 almas bailando al son de sus melodías.

En ese mismo instante, Dorian arañaba unos minutos al horario, acabando su “A cualquier otra parte” con más ganas que nunca, porque un público entregado había decidido acompañarles en ese y en los anteriores y cuidados temas que modelan su repertorio. Ya habían tocado, entre otros, La Bien Querida y León Benavente, quien sudó hasta la rabia por darlo todo en un ambiente hasta ahora inédito para la música.

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Porque la música es arte y el lugar en que estábamos lo requería.

Después, Second dribló, alucinó –también– y se fue a casa intentando darse cuenta de dónde había estado. Llegó el turno de Supersubmarina. Los de Baeza brillaron en una noche que recuerdan como la que no iba a ser y al final fue un jodido “sístole diástole como una bomba a punto de reventar” en el interior de toda esa gente que saltó en cada nota de sus canciones.

Los relojes marcaban las 23:50 y –no se supo por qué– se hizo el silencio. En diez segundos estaría sonando “Enemigo yo”. Como un sexto sentido, le gente lo sabía. Había quien miraba hacia arriba y quien alrededor. El precioso armamento de los monumentos que rodean la Ciudad de las Artes gobernaba el Festival de Les Arts. “Es la primera edición y mira la que han liado”, pensaban algunos. Y empezó: “Penetrando en mi conocimiento, enturbiando los pocos recuerdos que tengo…”.

Ahora se entendía todo. ¿Qué querían los jóvenes –y no tan jóvenes– para el mes de junio? Sí. Era esto. Porque “para que sea distinto, nos tendremos que mirar y decirnos las verdades como nunca fueron tal”. Y unirse. Unirse en una voz contra el aburrimiento del mundo. Y cantar todos juntos. Pero en un lugar diferente.

Lo mejor era que aún quedaba un día entero de festival, con otros artistas a la altura de los anteriores. Jero Romero, Carlos Sadness, La Habitación Roja… Qué os voy a contar: sensibilidad y calidad en forma de música. Con el sol en plena espalda, IZAL rugió “La mujer de verde” y otras perlas acompañados del mundo entero. Porque los que allí estábamos creíamos que no había más Tierra que aquel asfalto sobre el que bailábamos. Nos mudamos al Cielo por un rato.

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Lo de Lori Meyers y, posteriormente, The Wombats fue otro cantar, nunca mejor dicho. Los granadinos empezaron pidiendo disculpas por interrumpir (Mi realidad) y acabaron manteados. Los de Liverpool impresionaron a los pocos que no sabían de su increíble show. Fueron 30 bandas las que llenaron los tres escenarios de arte. Y había más: el diseño, la ilustración, la moda o la gastronomía también estuvieron muy presentes completando un fin de semana épico en la ciudad ché.

Y aún hay quién se sigue preguntando por qué volver en junio al Festival de Les Arts.


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El diablo se viste de Blues

De pequeño mi hermano me contó como murió Bon Scott, cantante original de AC/DC antes de que llegara Brian Johnson que es el que en realidad todos tenemos en nuestro cerebro al pensar en las canciones de la mítica banda australiana, incluso las canciones más míticas de la banda que fueron cantadas por Bon, la gente piensa en la voz de Brian cantando el mismo tema. Brian hizo sombra a Bon en poco tiempo provocando el efecto de que el gran público olvidara el verdadero origen y sonido de la banda, pues es por todos sabido que la voz de una banda influye 100% en el resultado final del estilo de una canción, un disco, y, en definitiva del carácter y personalidad de un grupo. No me imagino a Vetusta Morla con otra voz que no sea la de Pucho, por ejemplo. Ni tampoco podría pensar en Los Planetas si no es con la forma que tiene J. de entender la voz en una canción, como un instrumento más que se pierde hasta el límite de tomar el papel del bajo y sólo entenderlo en el momento preciso mientras se pierde en la mayoría del tema.

Bon Scott era el cantante de AC/DC e hizo historia en su manera de transmitir y entender la música, pero también hizo historia porque se murió cuando no tenía que morir y lo hizo como otros iconos: se ahogó con su propio vómito durmiendo la borrachera en una madrugada fría en el asiento trasero de un coche cerrado aparcado en una calle. A veces me pregunto por qué no existen camisetas de él como existen de Jimi Hendrix, por ejemplo. Supongo que Jimi era como Juan Palomo, por utilizar un dicho popular que desprecio pero que utilizo por su facilidad para explicar esto, y que al morir, murió con él su música, lo que provocó que a día de hoy sigamos llevando su rostro en el pecho o lo utilicemos para decorar una pared. Bon Scott murió y la conmoción no provocó nada a nivel mundial. Si hubiera muerto hoy, sería Trending Topic. Lamentable.

Hago esta breve reflexión porque ayer estuve hasta las tres de la mañana escuchando a Robert Johnson (Misisipi 1911- 1938), el olvidado fundador del Club de los 27, ya que cuando se habla de dicha asociación, sólo se recuerda a Hendrix, Cobain, Morrison, Joplin, Jones y la reciente Winehouse. Nadie menciona a Robert Johnson, el undécimo hijo de una familia negra y pobre, dedicada al cultivo y recogida de campos de algodón. Se casó a edad temprana con una chica de 16 años, la cuál murió meses después tratando de dar a luz al hijo (también fallecido) de Robert, lo que provocó que entrara en una profunda depresión que lo llevó a refugiarse en el blues como si fuera un medicamento sanatorio para su alma. Comenzó a frecuentar infinidad de locales del Estado pero no era lo suficientemente bueno para convertirse en un referente. Eso cambiaría.

Cuentan las malas lenguas que estuvo desaparecido durante meses porque se enteró dónde vivía su padre biológico al que no conocía y fue a buscarlo. Tras su búsqueda (se desconoce si logró su objetivo) volvió a la ciudad a tocar de nuevo con su guitarra y esta vez ya no era ese guitarrista mediocre de blues y su forma de cantar también había cambiado. Y no sólo eso. Su rostro transmitía otra cosa distinta. Se había convertido en un tipo extravagante y destacaba en él que sus ojos se ponían blancos totalmente desorbitados cuando tocaba la guitarra en aquellos bares que ahora se llenaban de gente de todos los estados de alrededor para ir a verlo en directo cómo tocaba aquella guitarra con afinaciones no standar. Pronto se empezó a especular (por la realidad histórica del momento) que había vendido su alma al diablo. Que había acudido guitarra en mano a la Autopista 61 con la 49 en Clarksdale hasta que allí se presentó el mismísimo Satán para hacer un pacto con él: Ser el mejor intérprete de Blues de la historia. Johnson no tardó en componer canciones (“Crossroad Blues” y “Me and The Devil Blues”) que alimentaban la leyenda y confundían al personal ¿Mito o realidad? Se preguntaba todo el mundo.

Históricamente está documentado que Robert recorrió todo el Sur de EEUU tocando e impresionando al público que jamás lograban ver el movimiento de sus manos porque exigía poca luz sobre el escenario para que no se viera su manera de pulsar las cuerdas y marcar las notas sobre el mástil. Finalmente murió a los 27 años (con sólo 29 canciones grabadas) en circunstancias extrañas que apuntan al envenenamiento. Alguien echó algo a su whisky antes de la actuación de aquella noche y tuvo que para el concierto, salir del local y tres días después se le encontró muerto. En una de sus canciones pedía que se le enterrara al borde de una carretera y en la actualidad existen tres tumbas en EEUU que supuestamente guardan los restos de Robert Johnson.

Poco o nada me importa si de verdad este hombre hizo un pacto con el demonio o no, pero os aconsejo algo. Escuchad por la noche sus canciones. Joder, están en Spotify. Hacedlo de madrugada. Sin ruidos. A oscuras. Con buenos auriculares. Y atreveros a decir que su voz y sus arpegios no parecen salir del infierno y estar interpretados por el mismísimo Diablo.