En el patio del poeta Halley

“Por eso estoy por aquí otra vez,
rebuscando en mi almacén esa palabra con su débil timidez.
Ojalá encuentre la forma, más me vale, tengo un tema que acabar…”.

Para los que creemos fielmente en que la letra es la clave de una canción. Para los que adoran la poesía. Para los que entienden las palabras del que canta y las ligan a sus vidas como un eterno plan para llegar a un fin. En definitiva, para los que aman la música. Para los que la escriben, para los que la cantan, para los que la escuchan.

Love of lesbian acaba de publicar su noveno disco, llamado “El poeta Halley”, cuya última canción se titula de la misma manera. Pues bien, Santi Balmes, vocalista, guitarra y teclista de la banda, ya nos dio pistas hace unos días de lo que iba a ser este trabajo: “En cuanto a las letras, es muy diferente: hay que tener un silencio interior, algo que te chive lo que tienes que decir. Y cuando estás rodeado de mucha gente, eso no sucede”.

El catalán, junto a su equipo, ha experimentado, ha arriesgado y ha ganado. Un ejemplo claro está en el susodicho tema. En “El poeta Halley”, a Santi le sobraban las sílabas, se le hacía muy grande el tema. Pero, como cuenta Oriol Bonet, batería, tuvieron que decirle, tras reflexionarlo: “No cortes tus letras, Santi, alarguemos la canción”. En mi opinión, esta canción es el culmen, auge de Love of lesbian, y, con ello, lógicamente, del nuevo disco.

Como ellos mismos dijeron a El Confidencial, es un álbum que “se recomienda escuchar con el espíritu sereno y la predisposición de iniciar un viaje sin prisas”. En efecto. Calma. Llegarás a entenderlo, de verdad. Además, Joan Manuel Serrat nos ayuda. Él mismo acaba el disco, recitando un poema que –insisto–, para los amantes de la letra, resulta embriagador. La hija de Serrat es fiel seguidora de LOL y ahora la responsable de esta unión puntual.

Aquí os dejo el poema y la canción. Pero no los escuches (y quien avisa no es traidor) sin tener en paz el organismo.

Acojo en mi hogar
palabras que he encontrado abandonadas en mi palabrera.
Examino cada jaula y allí, narrando vocales y consonantes,
encuentro a sucios verbos que lloran después de ser abandonados
por un sujeto que un día fue su amo.
Y de tan creído que era, prescindió del predicado.
Esta misma semana
han encontrado a un par de adjetivos trastornados,
a tres adverbios muertos de frío
y a otros tanto de la raza pronombre
que sueñan en sus jaulas con ser la sombra de un niño.
Se llama entonces a las palabras que llevan más días abandonadas
y me las llevo a casa,
las vacuno de la rabia
y las peino a mi manera,
como si fueran hijas únicas.
Porque en verdad todas son únicas.
Acto seguido y antes de integrarlas en un parvulario de relatos o canciones,
les doy un beso de tinta
y les digo que si quieres ganarte el respeto,
nunca hay que olvidarse los acentos en el patio.
A veces les pongo a mis palabras diéresis de colores imitando diademas,
y yo sólo observo como juegan en el patio de un poema.
Casi siempre te abandonan demasiado pronto
y las escuchas en bocas ajenas
y te alegras
y te enojas contigo mismo como con todo lo que amamos con cierto egoísmo.
Y uno se queda en casa, inerte y algo vacío,
acariciando aquel vocablo mudo llamado silencio,
siempre fiel, siempre contigo.
Pero todo es ley de vida.
Como un día me dijo el poeta Halley,
“si las palabras se atraen, que se unan entre ellas,
y a brillar, que son dos sílabas”.


Miss Caffeina convierte Detroit en una pista de baile

Detroit no es sólo una ciudad fantasma, también es el título de lo nuevo de Miss Caffeina. Un disco que evoca a la desolación de la ciudad de la Motown, haciendo un paralelismo con el apagón del grupo tras su última gira.

Este álbum es un proceso de cambio, de resurgir, de levantarse y volver a empezar con más fuerza que nunca. Y así lo reflejan las canciones que componen 'Detroit', el último disco de la banda, con el que regresan tras un año de parón.

Han vuelto con temas cargados de letras potentes, estribillos pegadizos y ritmos bailables. De esos que no puedes sacarte de la cabeza ni dejar de tararear. Con los que se te van los pies y te dan ganas de convertir cualquier lugar en una pista de baile.

Sí, lo nuevo de Miss Caffeina engancha. Y con ello, además, quieren alejarse de la etiqueta de grupo 'indie' que se ganaron con sus primeros trabajos. Lo hacen tirando de sintetizadores y acercándose a un sonido con toques pop y electrónicos.

Estamos ante una nueva etapa de la banda. La que pudimos descubrir en directo hace un par de domingos, en la maratón de conciertos que organizaron la Casa Encendida y Radio3 bajo el nombre de Radio Encendida. Y si el sonido de estudio incita a subir al máximo el volumen y ponerse a saltar, sobre el escenario son los movimientos, un tanto tímidos, de Alberto Jiménez y los suyos los que animan a los allí presentes.

Los primeros acordes de Detroit –canción que da título al disco– envolvieron en un halo de misterio el patio de la Casa Encendida, dando comienzo al espectáculo. Tras este inicio, llegó la fuerza de 'Titanes', un tema que suena muy bien en directo y con el que empezaron a aumentar el ritmo y las ganas de bailar. Unas ganas que ya no desaparecieron hasta el final, donde, como no podía ser de otra forma, aguardaba 'Mira cómo vuelo' para cerrar el show por todo lo alto. Dejándonos con ganas de más.

Porque lo último de Miss Caffeina suena grande. Suena a renacer. A algo de rabia. A disfrutar. Pero, sobre todo, suena a ganas de decirle al mundo que están aquí de nuevo y no van a dejar de hacernos bailar y volar durante todo el verano. De festival en festival. Y hacernos vivir, tal y como cantan en 'Superhéroe', un "fin de fiesta con fuegos artificiales".

Mira cómo avanzo, valiente, dejándolo todo atrás.

Una foto publicada por Música Ilustrada (@musica_ilustrada) el


Septiembre es Granada Sound

Recuerdo que días antes vendí algunas de las cosas que ya no utilizaba para asistir al Granada Sound bien nutrido de dinero. Porque, sí, un estudiante de 16 lo tiene chungo para poder costearse dos días de festival por todo lo alto. El curso había empezado pero el verano no acababa; Lo podías notar en el sol que calentaba tus dos litros de Desperados, convirtiéndola en estofado en pocos minutos.

Era mi primera toma de contacto con el indie en directo; La primera vez que pisaba un festival. Como quien veía a Dios vi salir a Zahara al escenario. Estelar, con su camiseta de Jurassic Park. Me agarré bien a las vallas de una primera fila que ya no abandonaría hasta que Mikel dijo adiós, unas 8 horas después. Mis amigos me abastecían de Mojitos de Negrita mientras yo saltaba con la Santa. Semanas después pude ver como las cámaras se cebaron con mi careto de emoción en todas las reseñas del festival. A mi lado estaba Javi, un chico súper agradable que me aguantó durante todo el concierto. Él fue el causante de la clave de sol que hoy llevo tatuada en la muñeca. Era increíble cómo podías sentir los versos de Zahara en vena: "Cuando acabó aquel letargo sin fin me quedé en agosto a vivir". La verdad es que aquel fue un septiembre con complejo de agosto. Toda mi vida lo está siendo, desde entonces.

Algo después llegaron los chicos de Sidonie. Marc, Axel y Jess lo dieron todo ante aquellas 22.000 personas. Me entra vértigo sólo de pensar en tener que enfrentarme a una escena así. El momento estrella fue cuando Marc se lanzó (literalmente) a cantar Un día de mierda. A hombros de un miembro del staff, se metió entre la muchedumbre protagonizando una escena al más puro estilo The Walking Dead. Con todo el buen rollo que nos metieron en el cuerpo, aguantamos hasta divisar la barba más esperada de la noche. En Granada, más que nunca, soplaron Vientos de Norte. Fue la primera vez que sentí eso que la gente llama "orgasmo musical". Me siento súper afortunado de haber sido desvirgado por Izal.

Erotismos aparte, el viernes duró lo que duran dos setlists usados en la mano de un pipa. A la mañana siguiente no era yo, era un zombie. Un zombie que se moría de ganas por escuchar a Supersubmarina. Nos levantamos como pudimos y a las 5 ya estábamos bebiendo estofado una vez más. La banda sonora, inmejorable: un Carlos Sadness que nos cantaba temas de la talla de Bikini o Miss Honolulu (lo que por otra parte a nosotros nos parecía una broma macabra ya que hacía menos de 7 días que habíamos dicho adiós al verano).

De la mano de la que era mi chica, Judith, descubrí a La Habitación Roja y lo flipé tan fuerte que no pude dejar de escucharlos en bucle durante los siguientes días. "Estaba perdido en un mar de dudas y tan superado por todos los lados..." Supersubmarina no tardó en llegar. El clímax. Entre el público, yo era una fangirl más de Chino.

—¿Me levantas a hombros en la siguiente canción?
—¡Claro!

En cuanto alcé a Judith sonaron las primeras notas de De las Dudas Infinitas. Sobre mis hombros, ella encendía mi mechero y lo elevaba al cielo estrellado de aquella noche, que quedó grabada en mi retina fotograma a fotograma. El concierto cerró con LN Granada y unos fuegos artificiales gigantescos que los de primera fila no alcanzamos a ver. 
Por una noche, Graná fue de aquellos jienenses. Y nuestra.

No esperé a The Kooks. Terminó el festival y con él el verano de los Sweet Sixteen. Y mi relación con Judith. Una parte de mí se quedó allí anclada para siempre y aún no sé cómo recuperarla exactamente. Sólo vuelve, como un Deja Vu, cada vez que tengo la oportunidad de saltar en otro concierto, de gritar letras que se vuelven mías por unos segundos aunque detrás de ellas existan historias muy distintas a las de tan egocéntrico servidor. Inevitablemente, sea en la mejor sala del mundo o en cualquier garito de mala muerte, volveré a sentirme en la cima del mundo, levitando con los acordes de una buena canción. Melomanía lo llaman.

[fusion_builder_container hundred_percent="yes" overflow="visible"][fusion_builder_row][fusion_builder_column type="1_1" background_position="left top" background_color="" border_size="" border_color="" border_style="solid" spacing="yes" background_image="" background_repeat="no-repeat" padding="" margin_top="0px" margin_bottom="0px" class="" id="" animation_type="" animation_speed="0.3" animation_direction="left" hide_on_mobile="no" center_content="no" min_height="none"][fusion_button link="https://www.ticketea.com/entradas-festival-granada-sound-2016/" color="custom" size="xlarge" type="" shape="" target="_blank" title="" gradient_colors="|" gradient_hover_colors="|" accent_color="" accent_hover_color="" bevel_color="" border_width="1px" icon="" icon_divider="yes" icon_position="left" modal="" animation_type="0" animation_direction="down" animation_speed="0.1" alignment="left" class="" id=""]ADQUIRIR ABONO GRANADA SOUND 2016[/fusion_button][/fusion_builder_column][/fusion_builder_row][/fusion_builder_container]


La canción perfecta de Sidecars

Hace un par de años me metí con cuatro amigos en el actual Teatro Barceló de Madrid dispuestos a dejarnos la voz cantando las canciones de Sidecars que, desde hacía tiempo, nos habían encandilado. Nos habíamos tomado un par de copas antes y estábamos preparados para sudar de lo lindo en una olla a presión. Así fue. Dábamos la nota como nadie entre el público y la banda nos lo reconocía con muecas y gestos de agradecimiento. Porque bien saben ellos que un concierto debe reventar la sala y el público tiene que ayudar a ello.

Las cosas han cambiado en Sidecars en dos años. Han crecido en cantidad y en calidad. El pasado domingo, en el Fnac de Callao (Madrid) presentaron su nuevo disco, “Contra las cuerdas”, un acústico grabado en directo con el que la banda celebra su décimo aniversario. Y lo han hecho a lo grande, junto a ilustres invitados como Iván Ferreiro, que cantó con ellos “Los amantes”; Carlos Tarque (MClan), que rugió “Dinamita” como si fuera su propia canción; Dani Martín, que escogió él mismo “Todos mis males”; y, por supuesto, el hermano mayor de Juancho, Leiva, que ya nos tiene acostumbrados a brillar de una manera tan solemne que hace que caigamos a sus pies en cuanto alza la voz.

Ese domingo, fui a verles con un par de amigos. Era raro que una banda de rock presentara su trabajo las 12 de la mañana de un domingo. Pues la sala se llenó. Cantamos todos con Juancho Conejo (vocalista y guitarra), Ruly (batería) y Gerbass (bajista) sus míticas “Fan de ti”, “Cremalleras”, “Fuego cruzado”, “Dinamita”, “Chavales de instituto”...

Entonces, como ya tenían planeado, quisieron tocar una de las tres canciones nuevas incluidas en el disco. Se titula “Una eternidad”. Más que fiel a Sidecars, el tema baila sobre el hilo de un amor que no termina de completarse por algo que no acaba de convencer al autor de la letra. Acompañada de una melodía pegadiza, parece salida del libro de estilo del conjunto madrileño. Pero llena de experiencia. Como enseñando a gritos el salto de calidad que dan con los años. Si su primer trabajo “Sidecars” (que dio el nombre a la banda) es un discazo, imaginaos este.

Recomiendo vivamente escucharlo con atención a los detalles. Y, porque lo hacen bonito, somos muchos los que entendemos las señales que nos mandan. Precisamente, “Una eternidad” termina quejándose y diciendo “Yo casi nunca entiendo nada…”. El otro día, entendimos todos otra vez lo que ya sabíamos: que Leiva no tiene ninguna culpa de lo lejos que van a llegar y de lo que vienen haciendo hasta ahora. Que es talento y no enchufe, para que nos entendamos. Este tema lo es. Es desparpajo, es labia, es Sidecars hasta la médula. Justo al terminar la canción, alguien dijo detrás de mí: “Es la canción perfecta de Sidecars”.


Spanish Bombs in Granada

Entre el olor del salitre de Salobreña y la nieve de Sierra Nevada, se ha colado una extraña brisa hawaiana. ¿Los culpables? Los compañeros de Hoy Empieza Todo, el programa matinal de Radio 3. Como quien no quiere la cosa, Pablo González Batista, Gustavo Iglesias y el buen caballero Don Ángel Carmona (con camisa floreada, para variar) llenaron la tienda de Discos Bora Bora  de oyentes madrugadores, atraídos por un suculento desayuno granadino (cortesía de Radio 3) y, sobre todo, por la entrevista en directo a 091.

El pasado mes de octubre, estos héroes de la escena rock nacional anunciaron su regreso con una nueva gira, poniendo fin así a La Bendita Pregunta que tantos entrevistadores repetían: ¿Cuando vuelven Los Cero?. A pesar de haber negado el reencuentro por activa y por pasiva durante años y tras escuchar varias ofertas, José Antonio, José Ignacio, Tacho, Víctor y Jacinto decidieron que había llegado el momento de volver a la carretera. La acogida de los fans no pudo ser mejor, agotando las entradas para las fechas de Madrid en menos de 45 minutos. Durante la entrevista reconocieron quedarse paralizados ante la entrega del público en la Joy Eslava. Según cuentan, los asistentes corearon "cero" con tanta fuerza que el medidor de ruidos de la sala llegó a marcar 103 decibelios (tan sólo dos menos que los que emitía la banda al tocar). Tras una dinámica entrevista en la que Carmona no se olvidó de remarcar la sorprendente supervivencia del cabello de los integrantes, Lapido se arrancó con un muy sentido "Esperar la lluvia". Fue entonces cuando me di cuenta. Lo que estaba viviendo era algo que mucha gente no veía desde el 92. La emoción del momento se reflejaba en los ojos de los asistentes; evocaban otros años, otra sociedad, otra forma de entender la vida, otras músicas, otra edad... Su edad de oro.

Entre el público escuchaban con admiración Juan Alberto y Nani (que se sabía bien la letra de Esperar la lluvia y movía los labios haciendo playback) de los Niños Mutantes, Alejandro de los Lori Meyers y algunos integrantes del grupo Trepat. De repente me encontré rodeado de músicos a los que escucho día a día, tomando un café tranquilamente con ellos e incluso atreviéndome a acercarme al guitarra de los Lori y decirle: ¡Lo siento por interrumpir! Sólo he venido a preguntar... ¿Qué tal os va con la grabación del nuevo disco?

Las cosas que suceden aquí, a veces, son casi oníricas. Sabes que ellos son gigantes, pero aun así no te ves pequeño. Te sientes uno más, parte de una grandísima familia musical de la que se hace difícil no estar orgulloso.

No pude irme de allí sin dar las gracias a Ángel Carmona. Gracias a él me abrí a la música independiente y por ende descubrí este blog. Ojalá siga mucho tiempo más haciéndonos reír, mimando nuestros oídos con nuevos grupos y dándonos ¡las ochoooo! con esa energía que tanta falta nos hace a los madrugadores.


“Aunque tú no lo sepas”: un documental al amparo de Sabina y Serrat

¿Quién no ha escuchado alguna vez aquella canción llamada “Aunque tú no lo sepas” interpretada por Enrique Urquijo (Los Secretos)? Por si acaso, métete en materia, mira qué preciosidad:

Aquel tema fue escrito por Quique González, quien se inspiró fielmente en un poema de Luis García Montero (Granada, 1958), Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada. Su nombre está entre los poetas más importantes en lengua castellana.

“No sólo es un maestro de poetas, que también, sino que, además y sobre todo, parece capaz de contarnos, y de qué manera, lo que habíamos olvidado que sabíamos de nosotros mismos”. Así describe Joaquín Sabina a Luis García Montero, el objeto de un nuevo documental producido por Por amor al arte Producciones S.L. Por su parte, Joan Manuel Serrat describe la poesía de García Montero en unas simples letras: “No es el poeta que escribe pensando en expresarse sin importarle a quién manda el mensaje. A él le importa mucho ser entendido.” A Quique González le debe mucho, por eso también se ha pronunciado: “A través de sus libros he encontrado herramientas para mis canciones.”

Aunque-tu-no-lo-sepas-manuscritoBajo la dirección de Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, el film ofrece un recorrido a través de su vida, sus experiencias, sus maestros (Rafael Alberti, Ángel González o Jaime Gil de Biedma, entre otros), sus influencias, sus anécdotas con personajes como Enrique Morente, Joaquín Sabina o Joan Manuel Serrat (entre otros) y su contacto con artistas no sólo del mundo literario sino también de otras disciplinas artísticas. Ellos mismos han salido marcados después de este trabajo. “Aunque a Luis ya lo consideramos un amigo cercano, se ha acabado ese proceso minucioso de documentar su vida, explorar sus facetas, conocer sus opiniones, descubrir su universo… Por suerte, esta película es un fiel testimonio de todo lo que ocurrió. Y también nos sobrevivirá. Como su poesía”, afirman los directores.

“Los poetas trabajan su soledad
y piensan en todos,
y piensan en ti,
aunque tú no lo sepas”.

Os dejamos el tráiler que anticipa un documental lleno versos infalibles, versos que entienden la música y viceversa. Versos que entienden nuestras vidas.

AQTNLS_Cartel_webCartel diseñado por Tito Merello


Yo soy Simon. Tú, Garfunkel

Para qué os voy a engañar. Desde aquel concierto de The New Raemon en la Joy Eslava de Madrid este pasado 3 de marzo, no he dejado de escuchar Simon & Garfunkel.

Cuando Ramón Rodríguez anunció que llegaba el momento de cantar una de sus más preciadas y, con ello, famosas canciones llamada “Tú, Garfunkel”, mi mente me llevó rápidamente a un más que bonito hueco de mi infancia.

 

Debía yo tener unos diez años. Era viernes. Apretaba el sol de primeros de julio en Madrid y mis padres, mis hermanos y yo bajamos las maletas al coche mientras mi madre cerraba la casa. Tampoco mucho, dado que mi padre volvería a trabajar a Madrid ese mismo lunes. Nos íbamos a La Granja de San Ildefonso, como cada año, a pasar dos meses del tirón.

Por aquel entonces no había discos de música sino cintas de casette, pero el sistema era el mismo. Metías la cinta por la cara A o la B, y luego la cambiabas para escuchar la otra cara. Pues bien, yo le di a mi padre una cinta de La Oreja de Van Gogh para que la pusiera durante la hora de viaje hasta el pueblo. Pero él me miró y me dijo:

—Hoy no, tío.
—¿Por? Venga, no seas así –le contesté, contrariado.
—Porque te voy a poner a unos tíos que no se te van a olvidar en la vida. Son unos genios de mi época.

No me convenció. Estuve toda la jodida hora cabreado porque él me había puesto una cinta en cuya caja se podía leer: “The best of Simon & Garfunkel”, un álbum publicado hacía tan sólo un año por Columbia Records.

No sabía que en aquella cinta habían veinte canciones, cada cual más asombrosa. Tenía diez años, joder. No supe apreciar aquella primera “The sound of silence”, o las míticas “The boxer” y “Mrs. Robinson”, o la tenue “Bridge over troubled water”, o la marchosa y alegre “Cecilia”. Menudo pedazo de capullo.

A día de hoy, me emociono al escuchar cada canción de Simon & Garfunkel. Y desde aquí, papá, te doy las gracias.


Entrevista a Esther Zecco y Edu Vázquez

“Cuando tenemos una canción, existe una necesidad imperiosa de darla a conocer”

Leer más


Cómo recuperar a la chica de tu vida

Hay un cielo de tormenta.

Así reza "Sangre en el marcador", la tercera canción del disco "Me mata si me necesitas", del gran Quique González, décimo trabajo del cantautor. Él tiene la virtud de acompasar sus discos a mi vida. O yo mi vida a sus discos. ¡Quién sabe! Recuerdo cuando sacó a la venta en 2007 "Avería y redención". Justo lo que necesitaba, pensé. Entonces escribí un poema con ese mismo nombre. Esta vez no lo haré. No escribiré nada llamado "Me mata si me necesitas", porque no me mata, si es que ella me necesita, claro, que va a ser que no.

Con todo esto no quiero decir que guíe mis pasos al ritmo de sus canciones. Claro que no. Sólo que es una unión que me cautiva y que quiero expresar. Y que todos sus discos me sugieren un poema bien arrimado al susodicho. Y bien pegado a mi actualidad.

Al lío, que os estoy tostando.

Me recibiste con tu adiós y supe que no era el final. Maldito seas, Quique. Lo que amas con lo que envenenas. PUM. Denoto en alguna de sus letras un arrepentimiento digno de enmarcar. Pero nunca se valorará una rabia contenida. Yo si lo valoro. Y le doy las gracias. Le doy las gracias por apoyarme en esta pelea. Peleando a la contra, que diría él.

El otro día, fui con tres amigos a la firma del disco al Fnac de Callao (Madrid). El padre de Santiago trabaja allí y nos coló. No es la primera vez que lo hacemos. Somos unos jodidos aprovechados. Fui el segundo en saludarle. Me miró sonriendo sabiendo que no era la primera vez que nos veíamos. Iba con mi amigo Fil, a quien firmó el libro "La conjura de los necios", porque lo llevaba debajo del brazo. “Lo llevo como la luna, debajo del brazo”, me dijo Fil, cantando, descojonado. A Quique le llamó la atención, y mi amigo le soltó un ensayado “¡Pues venga, fírmamelo!”.

—Es una señal, Quique –le dijo un amigo suyo que andaba por ahí.

Le di las gracias. Le di la enhorabuena. Lo que vi en sus ojos lo he podido averiguar todas las veces que le he visto. Rabia. Dureza. Tensión. Pero al final, después de todo, siempre paz.

Esa misma noche, al volver a casa, puse el disco en el coche, aprovechando que lo había comprado unas horas antes. Cualquiera puede pensar que esta entrada es una puta jornada de puertas abiertas. Que piensen lo que quieran. Me da absolutamente igual. Yo ya había empezado a fraguar el poema que acompañaría, como cada vez, a este disco de Quique González. Y lo iba a llamar "Cómo recuperar a la chica de tu vida". Tal cual. Así lo veo yo. Así, sin tener ni puta idea, la recupería yo.

Porque cada uno tiene sus pautas a la hora de entender un conjunto de canciones. Yo tengo las mías y, como he dicho antes, Quique siempre me da en el clavo. Esta vez, en su auge, con este tercer tema.

Terror. Es una de mis palabras favoritas (no es la primera vez que lo digo). Y va el cabrón (con cariño) y la usa: Empiezas a sentir terror. Otra mañana con la tripa revuelta. A veces, la vida me da pánico. Pero lo camuflo diciendo gilipolleces y haciendo el payaso. No lo hago mal. Mis amigos hacen lo mismo. También se les da bien. Ellos son algo increíble, dicho sea de paso. Nos entendemos a la perfección.

Antes de volver a casa, habíamos cenado unos cuantos amigos para celebrar el cumpleaños de Borja. Después, él, Jorge y yo, nos quedamos un rato hablando. A los tres, esas conversaciones nos dan alas. Pues bien: sentí terror, y no porque me pusiera a 160 km por hora por la Nacional 2 hacia casa, sino porque, justo a esa velocidad y en ese momento, sonaba de lleno en mis oídos la rabia vibra en el retrovisor, el miedo está en cubierta. Hay espuma en la conciencia.

Tardé un puto siglo en encontrar sitio para aparacar. Pero no me preocupaba. Podía seguir dando vueltas con aquel disco sonando toda una eternidad. Porque así también planearía el asalto. Por fin, lo dejé a cinco minutos de casa. Miré el reloj: las doce y media de la noche. Subí, le di un beso a mi madre, que se había quedado dormida viendo “La playa de los ahogados”, según me dijo, y me fui a mi habitación. No podía irme a dormir así. Al menos, tenía que empezarlo.

Y escribí, del tirón.

"Cómo recuperar a la chica de tu vida".

Todo está perdido.

Ya no habrá poemas
ni calor de manta
ni frío de lluvia en tu calle.
Ya nunca abrazaremos

la vida con cariño.
El futuro encarcelado.
Tus combates moribundos,
tu reinado reventado.

Perdí la guerra
y ya no hay quien te salve
de idiotas
que saben vivir mejor que yo.

No hay nada que podamos hacer,
se fue al carajo tu ilusión.
Todo está perdido.
Pero voy a encontrarlo.

Aunque me deje el alma en el intento.

[fusion_builder_container hundred_percent="yes" overflow="visible"][fusion_builder_row][fusion_builder_column type="1_1" background_position="left top" background_color="" border_size="" border_color="" border_style="solid" spacing="yes" background_image="" background_repeat="no-repeat" padding="" margin_top="0px" margin_bottom="0px" class="" id="" animation_type="" animation_speed="0.3" animation_direction="left" hide_on_mobile="no" center_content="no" min_height="none"][/fusion_builder_column][/fusion_builder_row][/fusion_builder_container]


The New Raemon embriaga la Joy Eslava

Siempre que vamos a un concierto, lo hacemos con esa dulce sensación de que acudimos no sólo a pasarlo bien, sino también a sentir emociones, a ponernos la piel como la de las putas gallinas. Pero si además es en la mítica Joy Eslava de Madrid, todo coge más color. La tradición que alberga la sala termina siempre cogiendo en volandas a los artistas que allí tocan.

Ayer fue el turno de The New Raemon. El grupo catalán lleva ya casi ocho años encima de los escenarios de toda España, pero lo que pasó ayer en Madrid les consolida como ese grupo capaz de desgarrar el corazón en un par de versos. Y eso es gracias a las letras de Ramón Rodríguez, la voz y la guitarra del conjunto. Sin desfallecer, Ramón empezó en esto en 1998 con Madison; después siguió con Madee compaginándolo con Ghouls'n'Ghosts. Desde 2008, cuenta con el apoyo incondicional de Pep Masiques (bajo), Marc Prats (teclista), Pablo Garrido, (guitarra eléctrica) y Salvador D'Horta (batería), para formar The New Raemon.

El público, entonces, sabía a lo que iba. No esperaban echarse los mejores bailes de sus vidas ni sudar la gota gorda saltando a un ritmo frenético. Entraron por la puerta para pedir un whisky y cantar acompañando las bellas y bestias letras de The New Raemon. Entonces Ramón tumbó el silencio y puso fin a la furia reprimida por la espera. Y después de “El fin de la resistencia” llegó una tipa embriagadora y llena de virtud y todos le cantamos para convencerle de quién coño era realmente: la “Reina del Amazonas”, la de la mirada de gran alcance y magnitud. Sí. Ahí sí que saltamos un poquito.

Bajo la atenta mirada de los IZAL, que algunos pudimos distinguir entre el público, siguieron con un repertorio que no defraudó: llegó pronto “Te debo un baile” y se nos encogió el corazón a todos esos que debemos o hemos debido una explicación a alguien. Qué cojones, a todos.

El día anterior, en la Joy, tocó Maga celebrando su 15 aniversario. Entre Xoel López, Zahara, Iván Ferreiro, Anni B Sweet y Carmen Boza, también estaba The New Raemon acompañándole en la celebración. Miguel (Maga) quiso estar también en la noche de Raemon. Tocaron y cantaron juntos “Sucedáneos”… a grito pelao.

Y al fin Ramón anunció “Tú, Garfunkel”, ese temón triste, pero a la vez con guasa, de desamor, que se convirtió hace tiempo en una de las banderas del grupo. Desmemoriado quiero estar, para ser olvidadizo…

Personalmente, también yo necesito varios puntos de sutura, pero porque ayer, The New Raemon me dejó sin aliento con su directo. A mí y a todos los que allí ¿bailábamos? Qué va, muy poco. Mal hecho. Prometemos todos hacerlo en su próximo concierto. Porque les debemos un baile. Y no una explicación.