Hay un cielo de tormenta.

Así reza “Sangre en el marcador”, la tercera canción del disco “Me mata si me necesitas”, del gran Quique González, décimo trabajo del cantautor. Él tiene la virtud de acompasar sus discos a mi vida. O yo mi vida a sus discos. ¡Quién sabe! Recuerdo cuando sacó a la venta en 2007 “Avería y redención”. Justo lo que necesitaba, pensé. Entonces escribí un poema con ese mismo nombre. Esta vez no lo haré. No escribiré nada llamado “Me mata si me necesitas”, porque no me mata, si es que ella me necesita, claro, que va a ser que no.

Con todo esto no quiero decir que guíe mis pasos al ritmo de sus canciones. Claro que no. Sólo que es una unión que me cautiva y que quiero expresar. Y que todos sus discos me sugieren un poema bien arrimado al susodicho. Y bien pegado a mi actualidad.

Al lío, que os estoy tostando.

Me recibiste con tu adiós y supe que no era el final. Maldito seas, Quique. Lo que amas con lo que envenenas. PUM. Denoto en alguna de sus letras un arrepentimiento digno de enmarcar. Pero nunca se valorará una rabia contenida. Yo si lo valoro. Y le doy las gracias. Le doy las gracias por apoyarme en esta pelea. Peleando a la contra, que diría él.

El otro día, fui con tres amigos a la firma del disco al Fnac de Callao (Madrid). El padre de Santiago trabaja allí y nos coló. No es la primera vez que lo hacemos. Somos unos jodidos aprovechados. Fui el segundo en saludarle. Me miró sonriendo sabiendo que no era la primera vez que nos veíamos. Iba con mi amigo Fil, a quien firmó el libro “La conjura de los necios”, porque lo llevaba debajo del brazo. “Lo llevo como la luna, debajo del brazo”, me dijo Fil, cantando, descojonado. A Quique le llamó la atención, y mi amigo le soltó un ensayado “¡Pues venga, fírmamelo!”.

—Es una señal, Quique –le dijo un amigo suyo que andaba por ahí.

Le di las gracias. Le di la enhorabuena. Lo que vi en sus ojos lo he podido averiguar todas las veces que le he visto. Rabia. Dureza. Tensión. Pero al final, después de todo, siempre paz.

Esa misma noche, al volver a casa, puse el disco en el coche, aprovechando que lo había comprado unas horas antes. Cualquiera puede pensar que esta entrada es una puta jornada de puertas abiertas. Que piensen lo que quieran. Me da absolutamente igual. Yo ya había empezado a fraguar el poema que acompañaría, como cada vez, a este disco de Quique González. Y lo iba a llamar “Cómo recuperar a la chica de tu vida”. Tal cual. Así lo veo yo. Así, sin tener ni puta idea, la recupería yo.

Porque cada uno tiene sus pautas a la hora de entender un conjunto de canciones. Yo tengo las mías y, como he dicho antes, Quique siempre me da en el clavo. Esta vez, en su auge, con este tercer tema.

Terror. Es una de mis palabras favoritas (no es la primera vez que lo digo). Y va el cabrón (con cariño) y la usa: Empiezas a sentir terror. Otra mañana con la tripa revuelta. A veces, la vida me da pánico. Pero lo camuflo diciendo gilipolleces y haciendo el payaso. No lo hago mal. Mis amigos hacen lo mismo. También se les da bien. Ellos son algo increíble, dicho sea de paso. Nos entendemos a la perfección.

Antes de volver a casa, habíamos cenado unos cuantos amigos para celebrar el cumpleaños de Borja. Después, él, Jorge y yo, nos quedamos un rato hablando. A los tres, esas conversaciones nos dan alas. Pues bien: sentí terror, y no porque me pusiera a 160 km por hora por la Nacional 2 hacia casa, sino porque, justo a esa velocidad y en ese momento, sonaba de lleno en mis oídos la rabia vibra en el retrovisor, el miedo está en cubierta. Hay espuma en la conciencia.

Tardé un puto siglo en encontrar sitio para aparacar. Pero no me preocupaba. Podía seguir dando vueltas con aquel disco sonando toda una eternidad. Porque así también planearía el asalto. Por fin, lo dejé a cinco minutos de casa. Miré el reloj: las doce y media de la noche. Subí, le di un beso a mi madre, que se había quedado dormida viendo “La playa de los ahogados”, según me dijo, y me fui a mi habitación. No podía irme a dormir así. Al menos, tenía que empezarlo.

Y escribí, del tirón.

“Cómo recuperar a la chica de tu vida”.

Todo está perdido.

Ya no habrá poemas
ni calor de manta
ni frío de lluvia en tu calle.
Ya nunca abrazaremos

la vida con cariño.
El futuro encarcelado.
Tus combates moribundos,
tu reinado reventado.

Perdí la guerra
y ya no hay quien te salve
de idiotas
que saben vivir mejor que yo.

No hay nada que podamos hacer,
se fue al carajo tu ilusión.
Todo está perdido.
Pero voy a encontrarlo.

Aunque me deje el alma en el intento.

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