Septiembre es Granada Sound

Recuerdo que días antes vendí algunas de las cosas que ya no utilizaba para asistir al Granada Sound bien nutrido de dinero. Porque, sí, un estudiante de 16 lo tiene chungo para poder costearse dos días de festival por todo lo alto. El curso había empezado pero el verano no acababa; Lo podías notar en el sol que calentaba tus dos litros de Desperados, convirtiéndola en estofado en pocos minutos.

Era mi primera toma de contacto con el indie en directo; La primera vez que pisaba un festival. Como quien veía a Dios vi salir a Zahara al escenario. Estelar, con su camiseta de Jurassic Park. Me agarré bien a las vallas de una primera fila que ya no abandonaría hasta que Mikel dijo adiós, unas 8 horas después. Mis amigos me abastecían de Mojitos de Negrita mientras yo saltaba con la Santa. Semanas después pude ver como las cámaras se cebaron con mi careto de emoción en todas las reseñas del festival. A mi lado estaba Javi, un chico súper agradable que me aguantó durante todo el concierto. Él fue el causante de la clave de sol que hoy llevo tatuada en la muñeca. Era increíble cómo podías sentir los versos de Zahara en vena: “Cuando acabó aquel letargo sin fin me quedé en agosto a vivir”. La verdad es que aquel fue un septiembre con complejo de agosto. Toda mi vida lo está siendo, desde entonces.

Algo después llegaron los chicos de Sidonie. Marc, Axel y Jess lo dieron todo ante aquellas 22.000 personas. Me entra vértigo sólo de pensar en tener que enfrentarme a una escena así. El momento estrella fue cuando Marc se lanzó (literalmente) a cantar Un día de mierda. A hombros de un miembro del staff, se metió entre la muchedumbre protagonizando una escena al más puro estilo The Walking Dead. Con todo el buen rollo que nos metieron en el cuerpo, aguantamos hasta divisar la barba más esperada de la noche. En Granada, más que nunca, soplaron Vientos de Norte. Fue la primera vez que sentí eso que la gente llama “orgasmo musical”. Me siento súper afortunado de haber sido desvirgado por Izal.

Erotismos aparte, el viernes duró lo que duran dos setlists usados en la mano de un pipa. A la mañana siguiente no era yo, era un zombie. Un zombie que se moría de ganas por escuchar a Supersubmarina. Nos levantamos como pudimos y a las 5 ya estábamos bebiendo estofado una vez más. La banda sonora, inmejorable: un Carlos Sadness que nos cantaba temas de la talla de Bikini o Miss Honolulu (lo que por otra parte a nosotros nos parecía una broma macabra ya que hacía menos de 7 días que habíamos dicho adiós al verano).

De la mano de la que era mi chica, Judith, descubrí a La Habitación Roja y lo flipé tan fuerte que no pude dejar de escucharlos en bucle durante los siguientes días. “Estaba perdido en un mar de dudas y tan superado por todos los lados…” Supersubmarina no tardó en llegar. El clímax. Entre el público, yo era una fangirl más de Chino.

—¿Me levantas a hombros en la siguiente canción?
—¡Claro!

En cuanto alcé a Judith sonaron las primeras notas de De las Dudas Infinitas. Sobre mis hombros, ella encendía mi mechero y lo elevaba al cielo estrellado de aquella noche, que quedó grabada en mi retina fotograma a fotograma. El concierto cerró con LN Granada y unos fuegos artificiales gigantescos que los de primera fila no alcanzamos a ver. 
Por una noche, Graná fue de aquellos jienenses. Y nuestra.

No esperé a The Kooks. Terminó el festival y con él el verano de los Sweet Sixteen. Y mi relación con Judith. Una parte de mí se quedó allí anclada para siempre y aún no sé cómo recuperarla exactamente. Sólo vuelve, como un Deja Vu, cada vez que tengo la oportunidad de saltar en otro concierto, de gritar letras que se vuelven mías por unos segundos aunque detrás de ellas existan historias muy distintas a las de tan egocéntrico servidor. Inevitablemente, sea en la mejor sala del mundo o en cualquier garito de mala muerte, volveré a sentirme en la cima del mundo, levitando con los acordes de una buena canción. Melomanía lo llaman.

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¿Por qué volver al Festival de Les Arts?

Es viernes, 5 de junio de 2015, son las ocho de la tarde y el sol empieza a caer en picado encima de Valencia. En la famosa Ciudad de las Artes y las Ciencias, las gafas de sol y de rock van dejando el sitio a los focos que alumbran a los artistas que, dicho sea de paso, actúan sorprendidos ante la muchedumbre que llena las explanadas. No se esperaban 22.000 almas bailando al son de sus melodías.

En ese mismo instante, Dorian arañaba unos minutos al horario, acabando su “A cualquier otra parte” con más ganas que nunca, porque un público entregado había decidido acompañarles en ese y en los anteriores y cuidados temas que modelan su repertorio. Ya habían tocado, entre otros, La Bien Querida y León Benavente, quien sudó hasta la rabia por darlo todo en un ambiente hasta ahora inédito para la música.

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Porque la música es arte y el lugar en que estábamos lo requería.

Después, Second dribló, alucinó –también– y se fue a casa intentando darse cuenta de dónde había estado. Llegó el turno de Supersubmarina. Los de Baeza brillaron en una noche que recuerdan como la que no iba a ser y al final fue un jodido “sístole diástole como una bomba a punto de reventar” en el interior de toda esa gente que saltó en cada nota de sus canciones.

Los relojes marcaban las 23:50 y –no se supo por qué– se hizo el silencio. En diez segundos estaría sonando “Enemigo yo”. Como un sexto sentido, le gente lo sabía. Había quien miraba hacia arriba y quien alrededor. El precioso armamento de los monumentos que rodean la Ciudad de las Artes gobernaba el Festival de Les Arts. “Es la primera edición y mira la que han liado”, pensaban algunos. Y empezó: “Penetrando en mi conocimiento, enturbiando los pocos recuerdos que tengo…”.

Ahora se entendía todo. ¿Qué querían los jóvenes –y no tan jóvenes– para el mes de junio? Sí. Era esto. Porque “para que sea distinto, nos tendremos que mirar y decirnos las verdades como nunca fueron tal”. Y unirse. Unirse en una voz contra el aburrimiento del mundo. Y cantar todos juntos. Pero en un lugar diferente.

Lo mejor era que aún quedaba un día entero de festival, con otros artistas a la altura de los anteriores. Jero Romero, Carlos Sadness, La Habitación Roja… Qué os voy a contar: sensibilidad y calidad en forma de música. Con el sol en plena espalda, IZAL rugió “La mujer de verde” y otras perlas acompañados del mundo entero. Porque los que allí estábamos creíamos que no había más Tierra que aquel asfalto sobre el que bailábamos. Nos mudamos al Cielo por un rato.

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Lo de Lori Meyers y, posteriormente, The Wombats fue otro cantar, nunca mejor dicho. Los granadinos empezaron pidiendo disculpas por interrumpir (Mi realidad) y acabaron manteados. Los de Liverpool impresionaron a los pocos que no sabían de su increíble show. Fueron 30 bandas las que llenaron los tres escenarios de arte. Y había más: el diseño, la ilustración, la moda o la gastronomía también estuvieron muy presentes completando un fin de semana épico en la ciudad ché.

Y aún hay quién se sigue preguntando por qué volver en junio al Festival de Les Arts.


Les Arts PRO 2015 por festivaldelesarts

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